viernes, enero 5

MARGUERITE YOURCENAR. Memorias de Adriano.



Admito que la razón queda confundida en presencia del prodigio mismo del amor, de la extraña obsesión que hace que esta misma carne de la que nos ocupamos tan poco cuando forma parte de nuestro cuerpo, ocupándonos solamente de lavarla, alimentarla y, si es posible, impedirle el sufrimiento, pueda inspirarnos una pasión tal de caricias simplemente porque está animada por una individualidad diferente de la nuestra, y porque presenta ciertos lineamientos de belleza, sobre los que los mejores jueces no logran ponerse de acuerdo (…). La experiencia sensual, se compara con los Misterios, que provocan al no-iniciado en su primer contacto, el efecto de un rito sorprendente.
He soñado a veces con elaborar un sistema del conocimiento humano basado en la erótica, una teoría del contacto, en el que el misterio y la dignidad del otro conistirían en ofrecer al YO otro punto de apoyo. La voluptuosidad sería en esa filosofía, la forma más completa y también la más especializada de ese acercamiento al OTRO, una técnica puesta al servicio del conocimiento de los que no somos nosotros.


En el caso de la mayoría de los seres, los contactos más ligeros y superficiales bastan para contentar nuestro deseo, y aún para hartarlo. Si insisten, multiplicándose en torno de una criatura única hasta envolverla por entero; si cada parcela de un cuerpo se llena para nosotros de tantas significaciones trastornadoras como los rasgos de un rostro; si un solo ser, en vez de inspirarnos irritación, placer o hastío, nos hostiga como una música y nos atormenta como un problema; si pasa de la periferia de nuestro universo a su centro, llegando a sernos más indispensables que nuestro propio mser, entonces tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de la carne, una invasión de la carne por el espíritu.